La Solemnidad de Pentecostés nos hace recordar y revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los demás discípulos, reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo.

Jesús, después de resucitar y subir al cielo, envía a la Iglesia su Espíritu para que cada cristiano pueda participar en su misma vida divina y se convierta en su testigo en el mundo. El Espíritu Santo, irrumpiendo en la historia de la Humanidad, derrota su aridez, abre los corazones a la esperanza, estimula y favorece en nosotros la maduración interior en la relación con Dios y con el prójimo

Esta mañana, como comunidad creyente, invocamos al Espíritu Santo para que nos regale a cada uno de nosotros sus dones y recibiéndolo revivamos este maravilloso acontecimiento, irrumpiendo en el Hoy de nuestra historia y al estilo de Jesús podamos compartir sus mismas actitudes, su mismo sentido de la vida y de las cosas